Desinstalé Instagram y volví a vivir

Desde abril, algo en mí empezó a hacer clic.

Me di cuenta de que me había vuelto adicto a LinkedIn.

Notificación que saltaba, notificación que leía.
Luego entraba en Instagram. Me tragaba un par de reels sin querer.
Y, sin darme cuenta, ya estaba comparándome.

Ese vendehumo facturando millones.
Esa pareja viajando por el mundo.
Esa persona que publica una frase motivadora y revienta de likes.

Tóxico.
Y lo peor: normalizado.

Así que decidí parar.

Me desinstalé Instagram.
Quité notificaciones de LinkedIn.
Y me prometí volver a hacer cosas solo por el placer de hacerlas.

Volví a la fotografía analógica.
A esas fotos que no puedes editar, ni borrar, ni saber si han quedado bien hasta que las revelas.
Compré un iPod viejo. Para escuchar música sin tentaciones, sin notificaciones, sin interrupciones.

Y empecé a notar algo curioso.

Volví a disfrutar de los paseos.
A escuchar un disco entero sin mirar el móvil.
A dejar de compararme con vidas que ni sé si son reales.

Lo cuento porque nadie habla de esto en serio.
Todo el mundo repite lo de “hay que desconectar”, pero nadie se lo toma en serio hasta que te ves enganchado a una notificación a las dos de la mañana.

Yo sigo usando LinkedIn. Pero ahora decido cuándo entro.
No al revés.

Y funciona.

Si llevas tiempo sintiéndote igual, haz la prueba.
Borra esa app.
Apaga notificaciones.
Cómprate un iPod o desempolva uno antiguo.
Haz algo solo porque sí.

No necesitas enseñarlo a nadie.

A veces la mejor forma de avanzar es desaparecer un rato.

Seguimos.