No tenía hambre. Tenía ansiedad.

Durante mucho tiempo pensé que era de buen vivir.
Que si me apetecía una cerveza, un dulce o pedirme algo rico, era porque me lo merecía.

“Para algo trabajo tanto.”
“Para algo es viernes.”
“Para algo hace calor.”

Excusas envueltas en dopamina.

Y no me daba cuenta de que casi nunca tenía hambre de verdad.
Lo que tenía era cansancio.
Ansiedad.
Aburrimiento.

Una notificación que no llega.
Un proyecto que no sale.
Un día que se siente plano.

Y ahí entraba el chute rápido.
Un dulce, un café, una compra en Amazon, abrir la nevera aunque no tuviera hambre.

Hasta que lo pillé.

Empecé a preguntarme antes de picar algo:
¿Tengo hambre o tengo otra cosa?

Y casi siempre era otra cosa.

Así que decidí cambiar el premio.
Cuando me noto así:
— Salgo a caminar 10 minutos.
— Me pongo música sin mirar el móvil.
— Me obligo a escribir cómo me siento aunque no lo lea nadie.

Y la mayoría de las veces, se me pasa.

Lo cuento porque a nadie le enseña a distinguir hambre de ansiedad.
Y vivimos en una sociedad que te premia a base de cosas que no necesitas.

Si llevas tiempo con antojos raros, impulsos que no entiendes o comiendo sin hambre real… prueba a preguntarte eso.
Solo esa pregunta.

A veces no te falta comida.
Te falta descanso, cariño o silencio.

Y si quieres ver cómo este cambio me ha afectado — no solo físicamente, sino también mentalmente — te lo cuento en este post de LinkedIn.
Te lo dejo aquí 👉 ENLACE

Seguimos.